El eterno marido
El eterno marido —¡No, no basta! —gritó Pavel Pavlovich, con voz vibrante—. Es muy posible que le esté molestando; pero no me iré sin brindar antes con usted y beber en su compañÃa. Bebamos y en seguida me iré. ¡Antes, de ningún modo!
—Vamos a ver, Pavel Pavlovich, se va usted al diablo, sà o no?
—Me iré al diablo, si usted quiere, ¡pero después que hayamos bebido! Usted dijo que no querÃa beber conmigo; ¡pues bien, yo sà quiero que beba usted conmigo!
Ya no reÃa sardónicamente, ya no disimulaba. En todo su rostro se habÃa operado una transformación tan completa, que Veltchaninov quedó estupefacto.
—¡Vamos, pues, Aléksieyi Ivanovich, bebamos! ¡Ya no se negará usted! —continuó Pavel Pavlovich, cogiéndole fuertemente de la mano y fijando en él una mirada extraña.
Evidentemente, ya no se trataba sólo de un vaso de vino.
—Sea, ya que usted se empeña —murmuró Veltchaninov—. Pero, mire usted, casi no queda…
—TodavÃa quedan muy bien dos copas. ¡Vamos, bebamos y brindemos! Tenga usted la bondad de coger su copa.
Chocaron los vasos y bebieron.
—Bueno, ahora… puesto que… ¡Ah!