El eterno marido

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Y Pavel Pavlovich se llevó las manos a la frente, permaneciendo así unos instantes. Veltchaninov aguardaba, creyendo que esta vez el otro iba a decirlo todo, hasta la última palabra. Pero Pavel Pavlovich no dijo nada. Miraba tranquilamente a Veltchaninov, con la boca torcida en una sonrisa convulsiva y sarcástica.

—¿Me dirá usted, al fin, qué es lo que quiere de mí, borracho? —gritó Veltchaninov, con voz furiosa, dando con el pie en tierra.

—¡No grite usted! ¿A qué viene gritar? —repuso el otro, muy de prisa, calmándole con un ademán—. ¡No hablo en broma, no…! ¡Ah, usted no sabe lo que es ya para mí.

Y con un movimiento rápido le besó la mano, sin dar tiempo a Veltchaninov de retirarla.

—¡Eso es lo que es usted para mí…! ¡Ahora, me voy al diablo, como usted quería!

—¡Espere, quédese! —exclamó Veltchaninov—. Olvidaba decirle…

Pavel Pavlovich, que ya estaba cerca de la puerta, volvió atrás.

—Mire usted —dijo Veltchaninov, casi en voz baja, muy de prisa, hurtando la mirada y sonrojándose—; es conveniente que vaya usted mañana, sin falta a casa de los Pogoreltsev, para conocerlos y darles las gracias… ¡pero sin falta!


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