El eterno marido

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—¡Seguramente, sin falta! ¡Es natural! —respondió Pavel Pavlovich con una premura desusada, haciendo con la mano señal de que era superfluo insistir.

—Tanto más cuanto que Liza tiene muchos deseos de verle. Se lo he prometido.

—¿Liza? —repitió Pavel Pavlovich—. ¿Liza? ¿Sabe usted lo que Liza ha sido para mí, lo que ha sido y lo que es? (Y gritaba, como transportado.) Pero todo eso… todo eso… más adelante, más adelante… Por el momento, no basta que haya usted bebido conmigo, Aléksieyi Ivanovich; me es absolutamente indispensable otra satisfacción…

Y dejando el sombrero encima de una silla, miró de nuevo a Veltchaninov, cara a cara, un poco jadeante.

—Déme usted un beso, Aléksieyi Ivanovich —dijo bruscamente.

—¡Está usted borracho! —exclamó Veltchaninov, retrocediendo.

—¿Borracho? Sí, es posible; pero no se trata de eso. Déme usted un beso, Aléksieyi Ivanovich… ¡Es preciso que me dé usted un beso! ¿No le besé yo a usted antes la mano?


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