El eterno marido

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Veltchaninov quedó un momento en silencio, como si le hubiesen asestado un palo en la cabeza. Luego, con un ademán brusco, se inclinó hacia Pavel Pavlovich, que estaba allí, muy cerca de él, y le besó en la boca, que olía horriblemente a vino. Todo fue tan instantáneo, tan extraño, que más tarde, cuando pensaba en ello, no sabía si realmente lo había besado.

—¡Ah, ahora… ahora…! —exclamó Pavel Pavlovich en un transporte de borracho con los ojos muy brillantes—. ¡Ah, yo me decía, ¿sabe usted? «¡Cómo, también él! Pero, entonces, si es verdad, ¿en quién creer?»

Y se deshizo en lágrimas.

—¡Ah, qué amigo, qué amigo es usted ya para mí…!

Y cogiendo el sombrero, huyó.

Veltchaninov quedó en pie unos instantes, clavado en el sitio, lo mismo que después de la primera visita de Pavel Pavlovich.

«¡Bah; es un borracho y un estrafalario, simplemente! —y se encogió de hombros—. ¡Un idiota y nada más!» insistió enérgicamente, mientras se desnudaba para meterse en la cama.


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