El eterno marido

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VIII

Liza, enferma

Al día siguiente por la mañana, en espera de Pavel Pavlovich, que había prometido ser puntual, para ir a casa de los Pogoreltsev, paseábase Veltchaninov por su cuarto, después de haber tomado el café, fumando un cigarro y vacilando, en el estado de ánimo de un hombre que, al despertar se acuerda de haber recibido la víspera una bofetada. «¡Hm…! De sobra sabe él a qué atenerse. Quiere vengarse de mí por medio de Liza» pensaba, atemorizándose.

La carita delicada y triste de la niña surgió ante él. Palpitábale con violencia el corazón al pensar que aquel mismo día muy pronto, dentro de un par de horas, vería de nuevo a su Liza.

«No hay duda —se afirmaba con exaltación—; ésa es ya toda mi vida, y mi única finalidad. ¡Qué me importan todas las bofetadas y esos regresos al pasado…! ¿Para qué ha servido mi vida hasta hoy? Desorden y dolor… Pero, ahora, todo ha cambiado; ¡ya es otra cosa!»

Sin embargo, a despecho de su entusiasmo, cada vez le asaltaban más preocupaciones.

«¡Se vengará de mí por medio de Liza; la cosa está clara! y se vengará también en Liza… ¡Hm…! ¡Estoy resuelto a no tolerarle más despropósitos como los de anoche! —Y enrojecía de vergüenza al recordarlo—. ¡Pero no llega, y ya son las doce!»


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