El eterno marido
El eterno marido Aguardó todavía hasta las doce y media con angustia creciente. Pavel Pavlovich no llegaba. Al fin, la idea de que si no venía era únicamente por añadir una extravagancia más a las muchas de la víspera, esta idea que ya había apuntado antes, se apoderó de él por completo, trastornándole.
«¡Sabe que me tiene cogido! ¿Cómo voy yo a presentarme ahora ante Liza, sin él?».
A la una no pudo ya contenerse, y tomó un coche, que le llevó a casa de Pavel Pavlovich. Allí le dijeron que éste no había pasado en ella la noche, que había vuelto a las nueve de la mañana, que apenas estuvo un cuarto de hora, y que había vuelto a marcharse.
Veltchaninov escuchaba las explicaciones de la criada en pie ante la puerta de Pavel Pavlovich, dándole vueltas inconscientemente al poíno de la puerta. Cuando la criada hubo terminado, escupió, soltó la puerta y pidió ver a María Sysoevna. Ésta, al saber quién era, acudió sin demora.
Era una excelente mujer, «una mujer de sentimientos muy generosos», como decía de ella Veltchaninov cuando, más tarde, contaba a Claudia Petrovna su conversación con ella. Inmediatamente, después de preguntarle por la niña, se puso a murmurar de Pavel Pavlovich.