El eterno marido
El eterno marido —Si no hubiese sido por la pequeña, hace ya tiempo que lo habrÃa echado con cajas destempladas. Aun asÃ, ya habÃan tenido que mudarle del hotel al pabellón, a causa del desorden de su vida. ¿No es un verdadero crimen traer mujerzuelas a su casa, teniendo a una niña en edad de comprender…? Y la dice a gritos: «¡Mira, ésta será tu madre cuando a mà se me antoje!» Figúrese usted que la misma mujer que habÃa traÃdo le escupió a La cara, de aseo. Y otras veces la dice: «¡Tú no eres mi hija, tú eres una bastarda!»
—¡Cómo! —profirió Veltchaninov, espantado.