El eterno marido

El eterno marido

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—Como usted oye. Yo misma lo he oído. Cierto que es un borracho, y no sabe lo que dice; pero, de todos modos, esas cosas no se deben decir delante de una niña. Por pequeña que sea todo esto le entra en la cabeza, y allí se queda. ¡Y que no llora la pobrecita que digamos! Hace unos días hubo una desgracia en casa. Un hombre comisario, según parece, vino una noche a alquilar una habitación, y al día siguiente por la mañana amaneció ahorcado. Dicen que había perdido en el juego. La gente se agolpa; Pavel Pavlovich no estaba en casa; la niña, que se encontraba sola, sale, y de pronto, yo, que también había acudido al corredor, me la veo contemplando al ahorcado con una expresión muy extraña. La cojo en seguida y me la llevo; pero ya era tarde. Empieza a dar diente con diente, de fiebre, se pone completamente negra y, apenas entramos en su cuarto, se cae al suelo, muy tiesa. Le di fricciones, golpecitos en las manos, ¡qué se yo!; me costó la mar de trabajo hacerla volver en sí. Debe ser alferecía, ¿verdad? Desde entonces que no está buena. Cuando el padre volvió, y se enteró de todo, empezó por darla un pellizco muy fuerte —el muy canalla tiene más afición a los pellizcos que a los golpes—; luego se sirve un buen vaso de vino, y la dice, para asustarla: «Yo también voy a ahorcarme y tú eres la causa de que yo me ahorque. Mira, ésta es la cuerda con que me ahorcaré», y hace un nudo corredizo delante de ella. Entonces la niña perdió la cabeza, se echó sobre él, agarrándose con sus manitas, y gritando: «¡No volveré a hacerlo! ¡No volveré a hacerlo!» ¡Diga usted si no es una compasión!


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