El eterno marido

El eterno marido

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Cosas muy raras esperaba Veltchaninov; pero este relato le consternó a tal punto, que no podía creer fuese verdad. Todavía le contó más María Sysoevna. Una vez, por ejemplo, seguramente que si ella no llega a estar allí se tira por una ventana. Al separarse de María Sysoevna, iba Veltchaninov como un borracho. «¡Le mataré, le mataré como a un perro, de uno palo en la cabeza!», mascullaba para sí.

Cogió un coche para ir a casa de los Pogoreltsev, Antes de llegar a las afueras tuvo que detenerse el coche en una plaza próxima a un puente, por el que desfilaba en aquel momento un largo entierro. Los alrededores del puente estaban invadidos por una multitud compacta de mirones y una porción de carruajes detenidos. El entierro era suntuoso y la fila de coches interminable. De pronto, en uno de ellos, vio aparecer Veltchaninov el rostro de Pavel Pavlovich. No habría dado fe a sus ojos, si el otro no se hubiera inclinado por la ventanilla, saludándole con la mano, muy risueño. Evidentemente, estaba encantado del encuentro. Veltchaninov saltó a tierra, y a pesar de la muchedumbre y de los agentes, se deslizó hasta la portezuela del coche, que ya entraba en el puente. Pavel Pavlovich iba solo.

—¿Por qué no ha ido usted a buscarme? —le gritó Veltchaninov—. ¿Cómo es que está usted aquí?


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