El eterno marido

El eterno marido

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—Cumpliendo los últimos deberes… ¡No grite usted, no grite…! Estoy cumpliendo los últimos deberes —dijo Pavel Pavlovich, haciendo un guiño malicioso—; acompañando los restos mortales de mi queridísimo amigo Stepan Mikhailovich.

—¡Todo eso es absurdo, borracho estúpido! —gritó más fuerte aun Veltchaninov momentáneamente desconcertado—. ¡Vamos, baje usted inmediatamente, y acompáñeme! ¡Vamos, en seguida…!

—Imposible… Es un deber…

—¡Le llevaré a usted a la fuerza! —aulló Veltchaninov.

—¡Y yo gritaré, gritaré! —repuso Pavel Pavlovich, con su misma risa jovial, como si el juego fuera de su agrado, refugiándose en un rincón del coche.

—¡Cuidado! ¡Cuidado! ¡Que le van a atropellar a usted! —gritó un agente.

Y en efecto, venía un coche en sentido inverso al cortejo, metiendo mucho ruido. Veltchaninov tuvo que saltar de lado, y la muchedumbre y otros coches interponiéndose, le llevaron más lejos. Escupiendo de contrariedad volvió a su coche.

«Lo mismo da. Después de todo, no hubiera sido posible llevarle en ese estado», pensó, inquieto y en plena confusión.


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