El eterno marido

El eterno marido

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Cuando le contó las historias de María Sysoevna y el extraño encuentro en el entierro, Claudia Petrovna quedó pensativa.

—Temo por usted —le dijo al fin—. Es preciso que rompa usted toda relación con ese hombre; y cuanto antes, mejor.

—¡Bah!, no es más que un borracho y un ser grotesco —exclamó Veltchaninov con arrebato—. ¡Voy yo a tenerle miedo! Y¡cómo quiere usted que rompa toda relación con él, estando Liza de por medio? ¡Usted no tiene en cuenta a Liza!

Liza estaba en cama, y enferma. Le había entrado la noche antes una fiebre muy alta, y estaban esperando al médico, un médico de fama, que habían mandado a buscar a la ciudad muy de mañana.

Al saber la noticia sintióse Veltchaninov completamente trastornado. Claudia Petrovna le condujo al lado de la enfermita.

—Me he fijado ayer en ella con mucha atención —le dijo, antes de entrar—; es huraña y de humor triste. Está avergonzada de encontrarse aquí, abandonada por su padre. A mi juicio, ésa es toda su enfermedad.

—¡Cómo! ¿Abandonada? ¿Por qué cree usted que la ha abandonado?

—¡Oh!, el solo hecho de haberla dejado venir aquí a una casa enteramente desconocida, con un hombre… casi tan desconocido como la casa, o por lo menos…


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