El eterno marido
El eterno marido —¡Pero si soy yo quien la he traÃdo, casi a la fuerza! No veo…
—SÃ, ya lo sé. Si no lo digo por mÃ, sino por Liza, que es una niña y ve las cosas a su modo… Por, mi parte estoy segura de que él no vendrá nunca.
Cuando Liza vio que Veltchaninov habÃa venido solo no se sorprendió. Sonrió tristemente, y volvió hacia la pared su cabecita, devorada por la fiebre. No contestó a las tÃmidas palabras de consuelo ni a las solemnes promesas de Veltchaninov, que se comprometió a traerle a su padre al dÃa siguiente sin falta; pero en cuanto él hubo salido, se echó a llorar.
Hasta el anochecer no llegó el médico. Apenas habÃa aún examinado a la enferma, cuando asustó a todo el mundo, declarando que deberÃan haberlo llamado antes. Le dijeron que hasta la vÃspera por la noche no habÃa caÃdo enferma, y al principio no quiso creerlo.
—Todo depende de cómo pase la noche —pronosticó al fin.
Hizo una receta y se fue, prometiendo volver al dÃa siguiente lo más temprano posible.
Veltchaninov querÃa a toda costa quedarse a pasar la noche, pero Claudia Petrovna le rogó que hiciera otra tentativa más para traer a aquella «fiera».
—¡Lo que es esta vez —afirmó Veltchaninov arrebatadamente—, lo que es esta vez vendrá, aunque tuviera que traerlo atado!