El eterno marido
El eterno marido La idea de cogerlo, atarlo, y traerlo como un fardo se apoderó de él hasta obsesionarle.
—¡Desde este momento no me siento culpable ni tanto asà respecto a él! —aseguró a Claudia Petrovna, despidiéndose; y añadió, indignado—: ¡Reniego de todas mis sensiblerÃas y jeremiadas de ayer!
Liza, al parecer, se encontraba un poco mejor. Con los ojos cerrados, inmóvil, parecÃa dormir. Cuando Veltchaninov se inclinó sobre ella, con precaución, para besar algo suyo, aunque sólo fuera el borde de su camisón, antes de irse abrió, de pronto, los ojos, como si le hubiese oÃdo, y le dijo muy quedo:
—¡Lléveme usted!
Era una súplica dulce y triste, sin nada de la irritación exaltada de la vÃspera, pero en la que se sentÃa una especie de resignación, como la certidumbre de que su ruego no serÃa atendido. Cuando Veltchaninov, desesperado, empezó a explicarle que era imposible, cerró los ojos y no dijo ya nada como si no le oyese ni viese.
Apenas de vuelta en la ciudad, se fue derecho a Pokrov. SerÃan las diez; Pavel Pavlovich no habÃa vuelto. Veltchaninov le esperó una media hora, yendo y viniendo por el corredor, en un estado de impaciencia dolorosa. MarÃa Sysoevna acabó por hacerle comprender que Pavel Pavlovich seguramente no volverÃa hasta la mañana siguiente.