El eterno marido

El eterno marido

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—¡Naturalmente! Y es muy desagradable. Aunque ahora el Jurado no se oponga a reconocer muchas circunstancias atenuantes… Escuche usted, Aléksieyi Ivanovich, esta mañana en el coche me iba acordando de una historieta muy curiosa, que quiero contarle. Hace un momento hablaba usted de «los que se arrojan al cuello del prójimo». ¿Se acuerda usted, por casualidad, de Semió Petrovich Livtsov, que llegó a T… en tiempos de usted? Pues bien tenía un hermano menor, un pollo de Petersburgo, como él, que desempeñaba un destino en el Gobierno civil de V… y era muy considerado. Un día riñó con Golubenko, el coronel, en una reunión donde había una porción de señoras, entre ellas la novia de Livtsov. Éste se sintió muy humillado, pero se tragó la ofensa, y no dijo palabra. Poco después Golubenko le birló la dama, y la pidió en matrimonio. ¿Qué creerá usted que hizo Livtsov? Pues hacerse amigo íntimo de Golubenko; es más, se las arregló de modo que le nombraron testigo. El día de la boda desempeñó perfectamente su papel, pero cuando, después de la bendición nupcial se acercó al recién casado para abrazarle y darle la enhorabuena, entonces, delante de todo el mundo, delante de tanta gente distinguida, saca mi Livtsov un cuchillo y le asesta una tremenda cuchillada en el vientre. Inútil decir que Golubenko cayó patas arriba… ¡Imagínese usted! ¡Su propio testigo! ¡Y no es eso todo! Lo mejor es que, después de la cuchillada, va y se echa en tierra, gritando: «¡Ay, qué es lo que he hecho, Dios mío!», y llora, y se arranca los pelos, como un energúmeno y se arroja al cuello de todo el mundo, incluso a las señoras. «¡Ay, qué es lo que he hecho…!» ¡Ja, ja, ja! Era para reventar de risa. ¡Si no hubiera sido por el pobre Golubenko! Aunque, según parece, logró salvar el pellejo…


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