El eterno marido
El eterno marido —No veo a qué viene esa historia —dijo Veltchaninov secamente, frunciendo el ceño.
—¡Oh, a nada! Únicamente por la cuchillada —replicó Pavel Pavlovich, todavÃa riendo—. No deja de tener gracia, ¿verdad?, un mocoso a quien el miedo hace faltar a todas las conveniencias hasta el punto de arrojarse al cuello de las señoras, en presencia del gobernador… y que, sin embargo, acaba de clavarle a otro un cuchillo en el vientre… Nada más que por eso se lo contaba a usted.
—¡Al diablo! —aulló Veltchaninov, con la voz muy cambiada, como si algo en su interior se hubiese roto—. ¡Al diablo con tanto equÃvoco y tanta insidia, embaucador, trapacero! Conque quiere usted hacerme miedo, ¿eh? ¡Sinvergüenza, cobarde… cobarde… cobarde! —gritó exasperado, fuera de sÃ, teniendo que tomar aliento a cada palabra.
El ultraje pareció transfigurar a Pavel Pavlovich. Su embriaguez se desvaneció instantáneamente; los labios le temblaban.
—¿Y es usted, Aléksieyi Ivanovich, usted, quien me trata, a mÃ, de cobarde?
Veltchaninov ya se habÃa dominado.
—Estoy dispuesto a presentarle mis excusas —dijo, después de un momento de reflexión, que le aterró—. Pero con una condición: que se decida usted, desde este momento, a proceder con toda lealtad.