El eterno marido

El eterno marido

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—Yo, en su lugar, Aléksieyi Ivanovich, habría presentado excusas sin condiciones.

—¡Bueno, sea como usted quiera…! (Pausa breve). Le presento a usted mis excusas; pero usted mismo convendrá Pavel Pavlovich, en que, después de todo esto, puedo considerarme en paz con usted… Y no me refiero sólo a este incidente, sino a todo lo ocurrido.

—Pero… ¿qué cuenta puede haber pendiente entre nosotros, Aléksieyi Ivanovich? —preguntó Pavel Pavlovich, con una sonrisa burlona y los ojos fijos en tierra.

—¡Bien, ya que es así, tanto mejor, tanto mejor! Vamos, acabe usted de beberse esa copa, y acuéstese. Estoy completamente decidido a no dejarle marchar…

—¡Ah, sí, el vino…! —dijo Pavel Pavlovich, un tanto confuso, acercándose a la mesa.

Quizá había bebido ya demasiado; el caso es que le temblaba la mano y que derramó parte del contenido, manchándose la camisa y el chaleco. Sin embargo, apuró hasta la última gota, como si sintiera dejar algo. Luego depositó la copa sobre la mesa, con mucho cuidado, y fue dócilmente a su diván, para desnudarse.

—Pero… ¿no sería preferible… que no pasara aquí la noche? —preguntó de pronto.

—¡De ningún modo! ¡No, señor, no sería preferible! —respondió violentamente Veltchaninov que paseaba por el cuarto, sin mirarle.


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