El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov saltó de la cama, echó un vistazo por el recibimiento, luego por el cuarto de al lado, cuya puerta continuaba abierta. Esta habitación no tenía cortinas en las ventanas, que dejaban entrar un poco de claridad.
—¡No hay nada en ese cuarto; está usted borracho; duérmase! —ordenó Veltchaninov, volviendo a la cama y arropándose.
Pavel Pavlovich se dejó caer también sobre la almohada sin decir palabra.
—¿Es que ha visto usted fantasmas alguna vez? —preguntó, de pronto Veltchaninov, al cabo de diez minutos.
—Una sola vez —contestó Pavel Pavlovich, con voz apagada.
Luego, todo quedó de nuevo en silencio.
Veltchaninov no sabía, exactamente, si dormía o no. Así transcurrió una hora. De pronto, se estremeció. Esta vez no era un ruido lo que le había despertado. Creyó ver allí, a pocos pasos, en el centro de la habitación, en medio de la obscuridad una forma blanca. Incorporándose en la cama, miró fijamente en aquella dirección durante un minuto entero.
—¿Es usted Pavel Pavlovich? —dijo, al fin, débilmente.
Esta voz alterada, en el silencio y las tinieblas, le causó a él mismo una impresión extraña.