El eterno marido
El eterno marido No obtuvo respuesta; pero no habÃa la menor duda: allà habÃa alguien, en pie.
—¿Es usted, Pavel Pavlovich? —repitió más fuerte; tan fuerte, que Pavel Pavlovich, de haber estado durmiendo tranquilamente en su cama, seguramente se habrÃa despertado sobresaltado y respondido a la pregunta.
Tampoco hubo respuesta; pero le pareció que la forma blanca, ahora casi precisa, se movÃa en dirección a él. Entonces ocurrió una cosa muy singular: de pronto, experimentó la misma sensación que hacÃa un momento la sensación de que algo se rompÃa en su interior, y gritó, con todas sus fuerzas, con una voz ronca, estrangulada, ahogándose casi a cada palabra:
—¡Borracho ridÃculo; si te figuras que vas a hacerme miedo…! Me voy a volver hacia la pared, y a envolverme hasta la cabeza en la colcha, y a estarme asà toda la noche… para demostrarte el caso que hago de ti… Puedes prolongar, si quieres, esta farsa hasta que amanezca… ¡Idiota!