El eterno marido
El eterno marido —¿Sabes —dijo con voz firme como si la embriaguez le hubiese abandonado—, sabes lo que decimos en ruso? (Y pronunció una palabra que no puede transcribirse.) ¡Toma para ti…! ¡Y ahora, a marcharse; y de prisita!
Tan violentamente se desprendió de manos de Veltchaninov, que estuvo a punto de caerse cuán largo era. Las mujeres le sostuvieron y se lo llevaron apresuradamente, casi a rastras. Veltchaninov no los siguió.
Al dÃa siguiente, a la una de la tarde, se presentó en casa de los Pogoreltsev un señor muy correcto, de edad madura, vestido con uniforme de funcionario. Muy cortésmente entregó a Claudia Petrovna un paquetito a su nombre, de parte de Pavel Pavlovich Trusotskii. El paquetito contenÃa una carta, trescientos rublos y los papeles necesarios para el entierro de Liza.