El eterno marido
El eterno marido Al cabo de un momento, Pavel Pavlovich levantó con gran trabajo la mano derecha, para hacer la señal de la cruz; pero ésta quedó a medio hacer, y la mano, toda temblona, cayó pesadamente. Al cabo de otra breve pausa se levantó con gran esfuerzo del poyo, agarrándose a la mujer, y apoyado en ella pretendió seguir adelante, como si nada hubiese ocurrido, sin hacer caso de Veltchaninov.
Éste le aferró de nuevo por los hombros.
—¿Acabarás de comprender bestia de borracho, que no pueden enterrarla sin ti? —gritó, ahogándose de furor.
El otro volvió la cabeza hacia él.
—El teniente… ¿sabe usted…? el teniente de Artillería… —tartamudeó, con lengua estropajosa.
—¿Qué? —gritó Veltchaninov, todo trémulo.
—¡Que es el padre! Búscalo… para el entierro.
—¡Mientes, canalla! —aulló Veltchaninov, presa de una rabia frenética—. ¡Ya sabía yo que me saldrías con ésa!
Y fuera de sí, levantó el puño sobre la cabeza de Pavel Pavlovich. Un momento más, y lo acogotaba. Las mujeres, lanzando gritos estridentes, se apartaron a un lado. Pero Pavel Pavlovich no hizo el menor movimiento; todo su rostro se contrajo en una expresión de maldad salvaje y de bellaquería.