El eterno marido
El eterno marido El mocetón que le seguía, apenas hubo visto la terrible silueta de Veltchaninov, desapareció en un santiamén. Pavel Pavlovich, orgulloso de su victoria, le mostró el puño lanzando gritos de triunfo; pero Veltchaninov le cogió violentamente por los hombros y, sin saber él mismo por qué, se puso a sacudirlo con toda la fuerza de sus brazos, hasta el punto de hacerle dar diente con diente.
Pavel Pavlovich dejó inmediatamente de gritar, clavando en él los ojos con una estupefacción idiota de borracho.
Veltchaninov, no sabiendo, sin duda, qué hacer con él, le sentó de golpe sobre un poyo de piedra.
—¡Liza ha muerto! —gritó.
Pavel Pavlovich continuaba mirándole, sentado sobre el poyo y mantenido en equilibrio por una de las mujeres. Al fin, acabó por comprender. Se le puso terrosa la cara, y todas sus facciones parecieron sumirse y descomponerse.
—¡Muerta…! —murmuró, con una voz muy extraña.
Si fue simplemente su ancha e innoble sonrisa de borracho o si hubo, en efecto, un no sé qué perverso y taimado que pasó por sus ojos, es cosa que Veltchaninov no pudo poner en claro.