El eterno marido
El eterno marido Un día, sin saber él mismo cómo llegó al cementerio en que estaba enterrada Liza. Desde la tarde del entierro no había venido. Temía que el dolor fuera demasiado fuerte, y no se atrevía. Cosa extraña, después de haberse inclinado y besado la lápida que la cubría, se sintió menos oprimido el corazón. Era un espléndido atardecer; el sol se ocultaba ya en el horizonte; alrededor de la tumba crecía una hierba verde y lozana; muy cerca, zumbaba una abeja, revoloteando de agavanzo en agavanzo; las flores y las coronas que los hijos de Claudia Petrovna habían depositado sobre la tumba todavía estaban allí, medio deshojadas. Por vez primera desde hacía mucho tiempo, iluminó su corazón cierta esperanza. «¡Qué bien se está aquí!», pensó sintiéndose invadido por la paz del cementerio y contemplando el cielo claro y tranquilo. Sintió afluir una especie de alegría pura y fuerte, que le anegó el alma. «Liza es quien me envía esta paz; ella es quien me está hablando», pensó.
Era noche cerrada cuando salía del cementerio. Muy cerca de la puerta, a la orilla de la carretera, vio una casucha de madera que servía de taberna.