El eterno marido
El eterno marido Estos pensamientos venían siempre acompañados de la visión clara, cercanísima y conmovedora de la niña muerta. Veía su pobre carita, tan pálida; veía su expresión. La veía en el ataúd, en medio de las flores; la veía sin conocimiento, devorada por la fiebre, con los ojos fijos, muy abiertos. Recordaba la emoción profunda que había experimentado al verla tendida sobre la mesa y recordaba haber observado que uno de sus dedos se había vuelto casi negro. La vista de aquel pobre dedito le había inspirado un violento deseo de buscar acto seguido a Pavel Pavlovich, para matarlo sin más explicaciones. ¿Era su dignidad humillada lo que había destruido aquel pobre corazón de niña, o bien aquellos tres meses de sufrimientos que le había hecho soportar su padre, el amor de pronto cambiado en odio, las palabras de desprecio, el desdén por sus lágrimas, y, por último, su abandono en manos de unos extraños…?
Todo aquello le volvía al espíritu, sin cesar, bajo mil formas distintas… «¿Sabe usted lo que Liza ¿a sido para mí?» Recordó aquel grito de Trusotskii, y comprendió que no había sido un latiguillo, que su desgarramiento era sincero, y que acaso escondía una gran ternura. «¿Cómo habrá podido ese monstruo ser tan cruel con un ser al que adoraba? ¿Es creíble esto?» Pero siempre acababa por esquivar esta interrogación. Había en ella tan terrible elemento de incertidumbre, algo insoportable e insoluble.