El eterno marido
El eterno marido Su actitud era más segura que la vÃspera, y al mismo tiempo se echaba de ver que se sentÃa más intimidado. Ya su exterior bastaba para llamar la atención. Iba vestido muy rebuscadamente, con chaqué, pantalón claro muy ceñido, chaleco de fantasÃa, guantes, unas gafas de oro, una camisa irreprochable, y todo él muy perfumado, con un no sé que de ridÃculo extraño y desagradable.
—SÃ, Aléksieyi Ivanovich —prosiguió, inclinándose—; mi visita le sorprende a usted; no trate de ocultarlo. Pero, a mi juicio, hay cosas que no pueden darse tan fácilmente al olvido, y de las que siempre subsiste algo… ¿No le parece a usted?, algo que está por encima de todas las eventualidades y todas las desavenencias posibles… ¿no le parece a usted?
—Mire usted, Pavel Pavlovich, le agradeceré que me diga rápidamente y sin frases lo que tenga usted que decirme —replicó Veltchaninov, frunciendo el ceño.
—Bueno; en dos palabras: me caso. Voy ahora a casa de mi futura, al campo. Quisiera que me hiciese usted el señaladÃsimo honor de permitirme que le presente en esa casa, y he venido a rogarle a usted, a suplicarle —y bajó la cabeza humildemente— que me acompañe.
—¿Acompañarle? ¿Adonde? —preguntó Veltchaninov, abriendo mucho los ojos.