El eterno marido
El eterno marido Veltchaninov volvió a su casa, otra vez trastornado. El contacto de «aquel hombre» le era decididamente insoportable. Era más fuerte que él. Mientras se acostaba, preguntábase aún: «¿Qué estaría haciendo junto al cementerio?»
A la mañana siguiente, resolvió, al fin, ir a casa de los Pogoreltsev. Le costaba trabajo decidirse; toda simpatía, hasta la de ellos le era ya enojosa. Pero estaban tan inquietos de no verle, que no había más remedio que ir. De pronto, pensó que acaso le sería demasiado violento encontrarse de nuevo con ellos. «¿Qué hago? ¿Voy, o no voy?», reflexionaba, acabando de desayunar, cuando, con enorme asombro suyo, entró Pavel Pavlovich.
A pesar del encuentro de la víspera, aguardaba tan poco la visita de este hombre, y se quedó tan desconcertado, que le miró sin encontrar palabra que decirle. Pero Pavel Pavlovich no se azoró lo más mínimo. Le saludó como si tal cosa y se sentó en la misma silla en que había estado sentado la última noche, hacía tres semanas. Inmediatamente acudió el recuerdo de esta visita al espíritu de Veltchaninov que miró a su huésped con inquietud y repugnancia.
—¿Le sorprende a usted? —comenzó Pavel Pavlovich, notando la mirada de Veltchaninov.