El eterno marido
El eterno marido —Ya le contaré a usted todo despacio —dijo Pavel Pavlovich, con el tono más amable del mundo—. PermÃtame usted que encienda un pitillo. Por otra parte, usted mismo ha de verlo hoy. Aquà en Petersburgo, sabe usted, se acostumbra a evaluar la fortuna de los funcionarios como Fedosieyi Petrovich por la importancia de sus destinos. Pues bien, aparte de su sueldo y el resto —suplementos de todo género, gratificaciones, indemnizaciones por concepto de casa y comida, y lo que caiga—, no tiene un céntimo. Viven muy bien, hasta con lujo; pero con una familia tan numerosa no hay ahorro posible. ¡Figúrese usted: ocho hijas y un hijo pequeño! Si él se muriese ahora, no le quedarÃa más que una miserable pensión. ¡Y ocho hijas! ¡Figúrese usted! Sólo un par de zapatos para cada una, piense usted a lo que sube. Cinco de ellas ya son casaderas. La mayor tiene veinticuatro años (una muchacha preciosa, ya verá usted) ; la sexta tiene quince y está todavÃa en el colegio. ¡Cinco hijas a quienes buscar marido! Y lo antes posible, pues el padre tiene que llevarlas a sociedad, y figúrese usted lo que esto supone. Asà que cuando yo me presenté como pretendiente, el padre, que me conocÃa desde hacÃa tiempo y sabÃa el estado de mi fortuna…
Pavel Pavlovich hablaba con una especie de embriaguez. Veltchaninov le interrumpió:
—¿Y es la mayor la que usted ha pedido?