El eterno marido
El eterno marido —No… la mayor, no; he pedido a la sexta, la que está todavÃa en el colegio.
—¿Cómo? —exclamó Veltchaninov, con una sonrisa involuntaria—. ¡Si acaba usted de decirme que tiene quince años!
—Quince años ahora; pero dentro de diez meses tendrá dieciséis, dieciséis y tres meses. ¡Una edad excelente…! Ella todavÃa no sabe nada. No serÃa prudente. Hemos convenido la cosa entre los padres y yo… ¿Qué, no le parece a usted todo perfectamente?
—Entonces, ¿no hay nada decidido?
—¿Decidido? Naturalmente; todo está decidido. ¿Verdad que es muy acertado?
—¿Y ella no sabe nada?
—Ni una palabra. Es decir, a ella no le han dicho nada; pero se debe sospechar algo —dijo Pavel Pavlovich, guiñando amablemente un ojo—. ¿Qué, me hará usted ese favor, Aléksieyi Ivanovich? —concluyó, muy humildemente.
—Pero ¿qué quiere usted que yo vaya a hacer all� Además —añadió precipitadamente—, como de todos modos no iré inútil buscar razones que puedan decidirme.
—¿Aléksieyi Ivanovich…!
—Pero, vamos a ver, ¿cree usted que yo puedo ir a ningún sitio con usted? ¡Tenga usted un poco de sentido común!