El eterno marido
El eterno marido DistraÃdo un momento por la charla de Pavel Pavlovich, sentÃa que volvÃan a apoderarse de él su antipatÃa y su aversión. A poco más, le habrÃa plantado en la calle. Estaba profundamente descontento de sà mismo.
—Vamos a ver, querido Aléksieyi Ivanovich, venga usted aquÃ, a mi lado, y no se agite, por favor —suplicó Pavel Pavlovich con voz lacrimosa—. ¡No, no! —añadió, contestando a un gesto resuelto de Veltchaninov—. ¡No, Aléksieyi Ivanovich, no se niegue usted asà en redondo…! Veo que no me ha entendido usted bien. Ya sé que no podemos ser camaradas; no crea usted que soy tan tonto para no comprenderlo. El favor que le pido a usted ahora no le compromete lo más mÃnimo para el futuro. Yo me voy pasado mañana, para siempre, y todo quedará como estaba. Será un hecho aislado, sin consecuencias. Yo he venido a usted, confiando en la nobleza de sus sentimientos, que quizás los últimos sucesos han despertado en su corazón… Ya ve usted si le hablo con sinceridad. ¿Me dirá usted todavÃa que no?
Pavel Pavlovich estaba prodigiosamente agitado. Veltchaninov le miraba, con un asombro rayano en la estupefacción.
—Me pide usted un favor de tal naturaleza, y con tal insistencia, que forzosamente es para desconfiar. Necesito saberlo todo.