El eterno marido
El eterno marido —El único favor que le pido a usted es que me acompañe. Al regreso se lo contaré a usted todo, como a un confesor. ¡Aléksieyi Ivanovich, fÃe usted en mÃ!
Pero Veltchaninov persistÃa en negarse. Negábase con tanta más tenacidad, cuanto que sentÃa crecer en él un mal pensamiento. HabÃa germinado sordamente en él, desde el mismo momento en que Pavel Pavlovich empezara a hablarle de su futura. ¿Era una simple curiosidad o bien otro impulso, todavÃa obscuro? El caso es que sentÃa como una tentación de consentir. Mientras más crecÃa la tentación, más se obstinaba él en resistirle. Continuaba sentado, de codos en la mesa, pensativo, mientras Pavel Pavlovich insistÃa, suplicándole, acosándole con amabilidades y halagos.
—¡Bueno, está bien, iré! —exclamó, al fin. Veltchaninov levantándose, presa de una agitación casi enfermiza.
Pavel Pavlovich desbordó de satisfacción.
—¡De prisa, Aléksieyi Ivanovich; vÃstase usted corriendo!
Y daba vueltas a su alrededor, frotándose las manos de alegrÃa.
«Pero ¿por qué tendrá tanto interés en que le acompañe? ¡Qué raro!», pensaba Veltchaninov.
—Además, Aléksieyi Ivanovich, es preciso que me haga usted otro favor: darme un buen consejo. —¿Respecto a qué?