El eterno marido
El eterno marido —¡Ah!, es una cuestión muy seria. Se trata de mi gasa negra. ¿Qué cree usted más procedente: quitarla o conservarla?
—Lo que a usted le parezca. —No, usted es quien tiene que decidir. ¿Qué harÃa usted en mi lugar? A mi juicio, el conservarla serÃa dar prueba de constancia en mis afectos, cosa que en cierto modo, no dejarÃa de favorecerme…
—Lo procedente y lo correcto es quitarla.
—¿Está usted seguro…? (Y Pavel Pavlovich quedó pensativo un momento.) Pues no, yo opino que serÃa mejor conservarla… —¡Como usted guste…!
«Bueno, desconfÃa de mÃ; esto va bien», pensó Veltchaninov.
Salieron. Pavel Pavlovich miraba con satisfacción a Veltchaninov, que, realmente, tenÃa un aire muy distinguido, y que, en aquel momento, le inspiraba una gran consideración y respeto. Veltchaninov iba, sin acabar de entender a su acompañante ni de comprenderse a sà mismo. Un coche muy lujoso les esperaba a la puerta.
—¿Cómo, habÃa tomado usted un coche de antemano? ¿Tan seguro estaba usted de que yo le acompañarÃa?
—¡Oh¡, yo habÃa tomado el coche para mÃ; pero estaba seguro de que usted cederÃa —contestó Pavel Pavlovich, con el acento de un hombre enteramente satisfecho.