El eterno marido
El eterno marido —Oiga usted, Pavel Pavlovich —dijo Veltchaninov, un tanto nervioso, una vez ya en camino—; ¿no estará usted demasiado seguro de m�
—Pero diga usted, Aléksieyi Ivanovich, ¿no será usted el que se figura que yo soy un imbécil? —contestó Pavel Pavlovich, gravemente, con voz fuerte.
«¿Y Liza?», pensó Veltchaninov. E inmediatamente rechazó esta idea, como un sacrilegio. Le pareció, de pronto que se conducÃa de un modo bajo y mezquino; le pareció que el pensamiento que le habÃa tentado era un pensamiento vil y despreciable… Le acometió un violento deseo de plantarlo todo, y saltar del coche, aunque luego tuviera que librarse de Pavel Pavlovich a viva fuerza. Pero éste comenzó de nuevo a hablarle, y otra vez la tentación se adueñó de su corazón.
—Aléksieyi Ivanovich, ¿es usted entendido en joyas?
—¿Qué joyas?
—En diamantes.
—Pues naturalmente.
—Quisiera llevar algo. Aconséjeme usted: ¿es procedente o no?
—A mi juicio, no es necesario.
—Pero es que me gustarÃa tanto… Sólo que no sé qué comprar. ¿Debo comprar todo el aderezo, broche, pendientes y pulsera; o sólo una de las tres cosas?
—¿Cuánto quiere usted gastarse?