El eterno marido

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—Cuatrocientos o quinientos rublos.

—¡Demonios!

—¿Encuentra usted que es demasiado? —preguntó con inquietud Pavel Pavlovich.

—Compre usted una pulsera de cien rublos; es suficiente.

Pero esto no le satisfacía a Pavel Pavlovich. Quería algo más caro y, si era posible, un aderezo, completo. Como se mantenía firme en su idea, se dirigieron a una joyería.

Acabaron por comprar simplemente una pulsera, y no la que más gustaba a Pavel Pavlovich sino la que eligió Veltchaninov. Pavel Pavlovich quedó muy descontento cuando el joyero, que había pedido ciento setenta y cinco rublos, la dejó en ciento cincuenta. De buena gana habría dado doscientos; tal era su deseo de comprar algo caro.




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