El eterno marido

El eterno marido

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—No hay inconveniente en que yo le haga ya regalos —se apresuró a explicar, en cuanto se hubieron puesto otra vez en camino—. No son gente del gran mundo, sino muy llana y muy sencilla… La edad de la inocencia es aficionada a los regalos —añadió con una sonrisa espiritual y regocijada—. Antes, cuando le dije que tenía quince años, usted se ha sorprendido, Aléksieyi Ivanovich. Pues justamente eso es lo que me atrae. Una muchachita que va al colegio, con el cartapacio debajo del brazo, y sus cuadernos, y sus plumas… ¡Je, je…! Eso es lo que me ha seducido. Yo, Aléksieyi Ivanovich, estoy por la inocencia. Lo esencial, para mí, es eso; mucho más que la belleza del rostro. ¡Ah, esas muchachitas que se ríen a carcajadas, en un rincón! ¿Y por qué, dirá usted? ¡Pues porque el gatito ha saltado a la cama desde la cómoda y ha ido rodando como una pelota! ¡Eso es ingenuidad, frescura, olor a manzanas recién cogidas…! Pero, dígame usted, ¿qué le parece: debo quitarme la gasa o no?

—¡Como a usted le parezca!

—¡Qué demonios; yo la quito!

Y cogiendo el sombrero, arrancó la gasa negra, que tiró en medio de la calle. Al volver a encasquetárselo en la cabeza calva, creyó ver Veltchaninov en sus ojos un claro rayo de esperanza.


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