El eterno marido
El eterno marido Desde las primeras palabras comprendió Veltchaninov que le esperaban y que su visita, en calidad de amigo de Pavel Pavlovich que deseaba ser presentado, era un acontecimiento. Pronto sus ojos, avezados a ello, desentrañaron en todo esto una intención particular. La acogida, excesivamente cordial, de los padres, una cierta manera de mirarle en las muchachas, lo compuestas que estaban (verdad que era día de fiesta), le hicieron sospechar inmediatamente que Pavel Pavlovich le había jugado alguna de las suyas, y que sin duda se había permitido respecto a él ciertas insinuaciones, que podían tomarse como preliminares, anunciándole como un hombre «de lo más distinguido», solterón, rico, cansado del celibato, y acaso dispuesto a sentar la cabeza y tomar estado, «sobre todo ahora, que acaba de entrar en posesión de esa herencia». Algo de ello debía de haber en la mayor de las hijas, Catalina Fedosiéyevna la que tenía veinticuatro años, y que Pavel Pavlovich pintaba como una muchacha encantadora. Se distinguía de sus hermanas por el mayor esmero en la toilette y el peinado tan original que se había hecho con sus trenzas espléndidas. Sus hermanas y las muchachas de la vecindad parecían plenamente persuadidas de que Veltchaninov venía «por Katia». Sus miradas y algunas palabras a hurtadillas acabaron de convencerle de lo exacto de su hipótesis.