El eterno marido

El eterno marido

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Catalina Fedosiéyevna era una muchacha alta, rubia, fuerte, de facciones extraordinariamente dulces y carácter evidentemente apacible, vacilante y dócil. «Es raro que una muchacha así no se haya casado aún —pensó, sin querer, Veltchaninov, contemplándola con un verdadero placer—. Verdad que no tiene dote, y que engordará muy de prisa, pero para eso hay aficionados a este granero de belleza»…

Las hermanas eran todas bonitas, y entre las amigas advirtió una porción de caras agradables y alguna hasta realmente preciosa. Todo esto no dejaba de complacerle; pero había venido ya en una disposición de ánimo muy particular.

Nadechka Fedosiéyevna la sexta, la colegiala, la futura de Pavel Pavlovich, se hacía esperar. Veltchaninov estaba impaciente por verla, cosa que a él mismo le sorprendió y hasta pareció un tanto ridícula. Al fin llegó, causando su entrada cierta sensación. Venía acompañada por una amiga, María Nikitichna, morenucha nada bonita, pero muy viva y graciosa, que indudablemente causaba verdadero terror a Pavel Pavlovich. Esta María Nikitichna, de veintitrés años de edad, risueña y traviesa era institutriz en una casa vecina. Hacía tiempo que los Zakhlebinine la trataban como si fuera de la familia y las muchachas la querían mucho. Nadia, sobre todo, no podía pasarse sin ella.


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