El eterno marido
El eterno marido Desde el primer momento se dio cuenta Veltchaninov de que todas las muchachas, incluso las de la vecindad, estaban en contra de Pavel Pavlovich; y no llevaba Nadia un minuto en la habitación, cuando ya estaba él seguro de que también ella le detestaba. Convencióse igualmente de que Pavel Pavlovich no sospechaba lo más mínimo o no quería darse por enterado.
Nadia era, incontestablemente, la más bonita de todas las hermanas. Morena, un poco arisca al parecer, con un aplomo de nihilista: un diablejo, de ojos ardientes, de sonrisa deliciosa a veces un tanto picaresca, de labios y dientes admirables; esbelta y espigada, con una expresión altiva y resuelta y al mismo tiempo un no sé qué de infantil. Cada uno de sus pasos, cada palabra, iban diciendo que tenía quince años.
La pulsera tuvo escaso éxito; como que, más bien, produjo mal efecto. Pavel Pavlovich, en cuanto ella entró, se le había acercado, muy sonriente. Dio como pretexto «el enorme placer que había experimentado la otra vez oyéndola cantar, acompañada al piano, aquella preciosísima romanza»…