El eterno marido
El eterno marido Se hizo un lío, no consiguió acabar la frase y se quedó parado, sin saber qué hacer, desconcertado, tendiendo el estuche, empeñado en dejarlo en manos de Nadia. Ésta se negó a aceptarlo, ruborizóse de confusión y de ira, retiró la mano y, volviéndose hacia su madre, que también parecía desconcertada, le dijo en voz alta:
—¡No quiero, mamá!
—Acepta y da las gracias —dijo el padre en tono tranquilo y severo, pero también muy descontento—. «¡Era inútil, realmente inútil», añadió por lo bajo a Pavel Pavlovich, de un modo muy significativo.
Nadia, resignada, tomó el estuche y, con los ojos bajos, hizo una reverencia, enderezándose vivamente, como movida por un resorte. Una de sus hermanas se acercó para ver la joya. Nadia le tendió el estuche sin abrirlo, en señal del poco caso que hacía de él. Sólo la madre se atrevió a decir tímidamente, que la pulsera era preciosa. Pavel Pavlovich hubiera dado cualquier cosa por meterse bajo tierra.
Veltchaninov sacó a todo el mundo del apuro.