El eterno marido

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En efecto, cuando volvieron a la casa para tomar el té. Nadia cantó dos romanzas, con una voz todavía poco educada, pero agradable y bastante extensa. Pavel Pavlovich estaba sentado con los padres, junto a la mesita del té, sobre la cual habían dispuesto un servicio antiguo de Sévres, alrededor de un inmenso samovar. Sin duda estaba habiéndoles de cosas extraordinariamente serias, ya que al día siguiente debía marcharse de Petersburgo para nueve meses, lo menos. No hizo, pues, el menor caso cuando volvieron del jardín las muchachas, y ni siquiera tuvo una mirada para Veltchaninov. Indudablemente, se había calmado, y no pensaba en quejarse de la mala pasada.

Pero en cuanto Nadia empezó a cantar se acercó al piano. Ninguna de las veces que la dirigió la palabra contestó ella; pero no por eso se desconcertaba. De pie tras ella, apoyado en el respaldo de su silla, parecía decir con su actitud que aquel sitio era suyo y que no lo cedería a nadie.

—¡Ahora le toca a Aléksieyi Ivanovich, mamá! ¡Aléksieyi Ivanovich prometió que cantaría! —gritaron a coro las muchachas, apretujándose alrededor del piano, mientras Veltchaninov tomaba asiento, muy seguro de sí, para acompañarse él mismo.

Los padres y Catalina Fedosiéyevna, que estaba con ellos sirviendo el té, se aproximaron.


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