El eterno marido

El eterno marido

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—¡No puede usted figurarse hasta qué punto son idiotas! —dijo, parándose en seco delante de Veltchaninov—. ¡Usted, ya sé que lo encontrará ridículo; pero no puede usted figurarse lo que esto supone para mí!

—¡Entonces, no es él? —preguntó Veltchaninov, sonriendo.

—¡Claro que no! ¿Cómo ha podido siquiera imaginarlo? —repuso Nadia, sonriendo también y ruborizándose—. Éste no es más que un amigo de él. Pero ¡qué modo de elegir amigos! No lo entiendo. ¡Todo el mundo dice que éste es un chico «de porvenir!» Nada, que no lo entiendo… Usted, Aléksieyi Ivanovich, es la única persona a quien puedo recurrir. Vamos a ver, dígame usted su última palabra: ¿le devolverá usted la pulsera, si o no?

—¡Bueno, como usted quiera! Se la devolveré; démela.

—¡Qué bueno es usted! —exclamó ella, radiante de alegría, tendiéndole el estuche—. Le cantaré a usted todo lo que quiera, durante toda la noche, si se le antoja. ¡Y no crea usted que lo hago mal! ¡Ca; le dije a usted una mentira al decirle que no me gustaba la música! ¡Ah, cuánto me alegraría de que volviese usted otra vez! Se lo contaría todo, todo; y también otra porción de cosas; porque usted es muy bueno, muy bueno… ¡tan bueno… como Katia!


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