El eterno marido

El eterno marido

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—¡Ya sabía yo que no era usted amigo suyo, y que mentía! —interrumpió ella con volubilidad—. ¡Yo no seré jamás su mujer! ¡Jamás! ¡Ni siquiera sé cómo se ha atrevido…! ¡Pero es absolutamente preciso que le devuelva usted esta pulsera! ¿Qué quiere usted que haga, si no… Tengo verdadero empeño en devolvérsela hoy mismo. ¡Y que si me delata a papá, ya verá él lo que le ocurre!

En este instante surgió, de pronto, detrás de unas plantas, el joven de melena enmarañada y gafas azules.

—¡Es preciso que devuelva usted esa pulsera! —gritó a Veltchaninov, con una especie de rabia—. ¡Aunque sólo sea en nombre de los derechos de la mujer! Suponiendo que sea usted capaz de comprender la trascendencia de esta cuestión.

No tuvo tiempo de seguir. Cogiéndolo violentamente por un brazo, Nadia le rechazó lejos de Veltchaninov.

—¡Dios mío; cuidado que es usted tonto, Predposylov! —exclamó—. ¡Váyase usted, váyase; y no vuelva a escuchar lo que se habla! ¿No le había ordenado que se mantuviera a distancia…

Y dio con el pie en tierra. Ya había desaparecido el otro, y continuaba ella caminando de arriba abajo, fuera de sí, con los ojos echando chispas y los puños crispados.


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