El eterno marido

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—Estoy completamente segura —comenzó a decir ésta con voz precipitada— de que no es usted tan íntimo de Pavel Pavlovich como éste dice. Usted es la única persona que puede prestarme un servicio de extraordinaria importancia. Mire usted: aquí está su pulsera —y sacó el estuche del bolsillo—; yo le suplico a usted muy encarecidamente que se la devuelva hoy mismo; pues yo no quiero volver a dirigirle la palabra en todos los días de mi vida. Naturalmente que puede usted decirle que es de mi parte, y le ruego a usted que añada que no se le vuelva a ocurrir hacer ningún regalo. En cuanto a lo demás, ya haré que se lo diga quien corresponda. ¿Quiere usted hacerme ese enorme favor?

—¡Por Dios, se lo suplico a usted, no me exija semejante cosa! —replicó Veltchaninov, casi con un grito de desesperación.

—¿Cómo? ¿Cómo? ¿Que se niega usted? —exclamó Nadia toda desconcertada abriendo de par en par los ojos y a punto de romper a llorar.

Veltchaninov sonrió.

—No vaya usted a creer que… Yo habría tenido mucho gusto… Pero no estoy en muy buenas relaciones con él, y…


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