El eterno marido
El eterno marido —¿Por qué no baja usted, Pavel Pavlovich? ¡Cuidado que es usted raro! —dijeron otras, pasando.
—¿Por qué raro? —preguntó de pronto la voz de la señora de Zakhlebinine, que acababa de despertarse y se decidÃa a dar una vuelta por el jardÃn, hasta la hora del té, para ver cómo jugaban «los chicos».
—¡MÃrelo usted dónde está!
Y le señalaron la ventana por la que el otro asomaba la cabeza, con una sonrisa forzada, lÃvido de rabia.
—¡Qué ocurrencia, estarse encerrado cuando todo el mundo se divierte! —dijo la madre, sacudiendo la cabeza.
Durante este tiempo, Nadia le exponÃa, al fin, a Veltchaninov, la razón por la cual se habÃa alegrado tanto de verle, y el importante asunto que la preocupaba. La explicación tuvo lugar en una avenida desierta. MarÃa Nikitichna habÃa hecho una señal a Veltchaninov, que tomaba parte en todos los juegos y empezaba a aburrirse de firme, y le habÃa conducido a aquel sitio, donde le dejó a solas con Nadia.