El eterno marido
El eterno marido Se jugaba al escondite, estando permitido esconderse donde uno quisiera. A Pavel Pavlovich, que había conseguido ocultarse detrás de unos arbustos, se le ocurrió de pronto la idea de esconderse en la casa. Pero las muchachas le vieron y empezaron a gritar. Entonces él subió las escaleras de cuatro en cuatro hasta el entresuelo, donde recordaba un excelente escondrijo, detrás de una cómoda. Pero la pelirroja subió tras él, de puntillas, sin que él lo advirtiera y cerró con la llave la puerta del cuarto donde se había refugiado. Todos, como habían hecho antes, se fueron jugando más allá del estanque, al otro lado extremo del jardín. A los diez minutos Pavel Pavlovich, viendo que ya no le buscaban, asomó la cabeza a la ventana. ¡Nadie! Corrió a la puerta y la encontró cerrada. No se atrevió a llamar, por temor a causar alguna perturbación en la casa: por otra parte, los criados habían recibido la orden terminante de no aparecer por allí ni hacer caso de las voces de Pavel Pavlovich. Sólo Catalina hubiera podido socorrerle, pero ésta se había metido en su cuarto y echado a dormir un rato. Así estuvo cerca de una hora. Al fin, las muchachas se dejaron ver, pasando en grupos de dos o tres y como por casualidad.
—Pero ¿qué hace usted, Pavel Pavlovich, que no viene con nosotros? ¡Si usted supiese lo que nos hemos divertido! Estamos jugando al teatro y Aléksieyi Ivanovich hace de galán joven.