El eterno marido
El eterno marido —¡Un minuto, tenga usted la bondad!
—¡Vamos, otra vez con el minuto! —gritaron algunas de las muchachas.
—¡TodavÃa pide otro pañuelo! —contestaron otras.
—Esta vez ha sido usted… sÃ, es culpa suya…
Y Pavel Pavlovich, dando cliente con diente, no pudo proseguir.
Veltchaninov le invitó, muy cordialmente, a poner mejor cara y distraerse con ellos.
—¿No comprende usted que el darle bromas es porque está usted de mal humor, cuando todo el mundo está alegre?
Con gran asombro suyo, su consejo determinó en Pavel Pavlovich un cambio completo de actitud. Se calmó inmediatamente, hizo como si reconociera que habÃa sido culpa suya, tomó parte en todos los juegos y al cabo de media hora ya habÃa recobrado su alegrÃa. En todos los juegos formaba pareja, cuando habÃa lugar a ello, con la pelirroja o alguna de las Zakhlebinine. Y lo que acabó de asombrar a Veltchaninov es que ni una sola vez dirigió la palabra a Nadia, a pesar de estar casi siempre muy cerca de ella. ParecÃa aceptar su situación como cosa natural. Pero al anochecer volvió a presentarse ocasión de jugarle una trastada.