El eterno marido

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—¡Psss! ¡No grite usted! Que se quede en su rincón, mirando a la pared, mientras nosotros nos vamos a otra parte. ¡Mire usted cómo Nastia echa también a correr!

Nastia, la pelirroja, corría que se las pelaba, agitando los brazos. Al cabo de unos instantes ya estaban todas reunidas en la otra punta del jardín, detrás del estanque. Cuando llegó Veltchaninov, vio que Catalina censuraba vivamente a sus compañeras, sobre todo a Nadia y a María Nikitichna.

—¡Katia, amor mío, no te enfades! —decía Nadia, besándola.

—Bueno; no diré nada a mamá, pero me voy, porque eso no está ni medio bien. ¡Qué pensará el infeliz, ahí contra el muro!

Se fue, pero las demás no compartieron su lástima ni sintieron remordimiento alguno. Antes bien, le rogaron insistentemente a Veltchaninov que estuviera como si tal cosa cuando viniese a buscarles Pavel Pavlovich.

—¡Y ahora juguemos todos a las cuatro esquinas! —gritó la pelirroja, encantada.

Lo menos un cuarto de hora tardó en reunírseles Pavel Pavlovich, que, efectivamente, se había estado más de diez minutos en su rincón, esperando que le llamasen. Cuando llegó, el juego estaba en su apogeo; todos gritaban y reían. Ciego de ira, Pavel Pavlovich se fue derecho a Veltchaninov, a quien cogió de un brazo.


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