El eterno marido

El eterno marido

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—¡Esto es un aburrimiento! —protestaron algunas voces.

Ahora le tocaba a Veltchaninov. Le llevaron más lejos todavía, y tampoco adivinó nada.

—¡Esto es un aburrimiento! —repitieron algunas voces, en mayor número.

—¡Bueno; ahora me toca a mí! —dijo Nadia.

—¡No, no; le toca a Pavel Pavlovich! —gritaron todos en coro.

Se lo llevaron hasta un extremo del jardín, plantándole en un rincón, con la cara contra el muro, y para que no pudiera volverse le pusieron de centinela a la pelirroja. Pavel Pavlovich, que había recobrado un poco de animación, quiso desempeñar su papel muy a conciencia, y allí se estuvo, derecho como un poste con los ojos fijos en el muro. La pelirroja le vigilaba, a veinte pasos de distancia, y hacía señales a los demás, en un estado de agitación extrema. Era evidente que esperaban algo con gran impaciencia. De repente, la pelirroja les hizo una señal, con los brazos en alto. En un abrir y cerrar de ojos todas echaron a correr, lo más de prisa que podían.

—¡Corra usted, corra! —dijeron a Veltchaninov diez voces, inquietas de verle inmóvil.

—Pero ¿qué pasa? ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó él, echando a correr detrás de ellas.


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