El eterno marido

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Pero ella no le oyó, y no había pasado un minuto cuando Pavel Pavlovich, que trataba de seguir a los demás y no perder de vista a Nadia y Veltchaninov, vio venir hacia él a una doncella, que le traía, toda jadeante, el pañuelo.

—¡Juguemos, juguemos, juguemos a los refranes! —gritaron todas, como si contasen divertirse una atrocidad con este juego.

Eligieron sitio, y todo el mundo tomó asiento. María Nikitichna fue la primera designada para quedarse. La hicieron alejarse lo bastante para que no pudiera oír, escogieron el refrán, y se distribuyeron las palabras. María Nikitichna volvió, y adivinó a la primera.

Luego le tocó el turno al joven de la melena enmarañada y gafas azules. Le enviaron todavía más lejos, junto a un pabellón, donde se estuvo con la nariz pegada a la pared. El joven cumplió su cometido con un airecillo de desdén altanero. Hubiérase dicho que se sentía un poco humillado. Cuando le llamaron no supo adivinar, y después de hacerse repetir dos veces las cosas y de haber meditado largamente, con gesto sombrío, tuvo que declararse vencido. El refrán en cuestión era el siguiente: «La oración a Dios y el servicio al zar nunca se pierden».

—¡Qué estúpido refrán! —murmuró el joven, despechado y molesto, volviendo a su sitio.


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