El eterno marido
El eterno marido Cantaba, vuelto hacia Nadia, que estaba en pie junto a él. Ya hacía tiempo que no le quedaba más que un resto de voz; pero este resto bastaba para probar que había debido cantar muy bien. Veinte años antes, siendo estudiante, había oído esta romanza de labios mismos de Glinka, en una cena artística y literaria ofrecida por un amigo del compositor. Aquella noche, Glinka había tocado y cantado sus obras predilectas. Apenas tenía ya voz; pero Veltchaninov recordaba el efecto extraordinario que había sacado de esta romanza. Un cantante de profesión nunca habría conseguido producir una impresión tan honda. En esta romanza, la pasión brota y se eleva con cada verso, con cada palabra; la gradación es tan intensa y tan sostenida, que la menor nota falsa, el menor desfallecimiento, que pasan inadvertidos en una ópera, quitan a la pieza todo su valor y alcance. Para cantar esta obrita, tan sencilla, pero tan extraordinaria, eran indispensables la sinceridad, la inspiración, una verdadera pasión, o, por lo menos, muy bien simulada. De otro modo, no era sino una romancita cualquiera, trivial y casi inconveniente, pues no es posible expresar con tal fuerza la tensión suprema de la pasión sin provocar repugnancia, a menos que la sinceridad y la sencillez del corazón lo salven todo. Veltchaninov recordaba el éxito que le había valido siempre esta romanza. Habíase apropiado en lo posible la manera de Glinka, y todavía ahora, desde la primera nota, desde el primer verso, una verdadera inspiración se apoderaba de su alma y fluía de su voz. A cada palabra, el sentimiento crecía en fuerza y en audacia; al final tuvo verdaderos gritos de pasión. Mirando a Nadia, con los ojos inflamados, cantaba los últimos versos de la romanza: