El eterno marido
El eterno marido Y ahora me miro con más osadÃa en tus ojos.
¡Acerco mis labios y, sin fuerzas para escuchar,
quiero sólo besarte, besarte, besarte,
quiero sólo besarte, besarte, besarte!
Nadia se estremeció de miedo y dio un paso atrás; sonrojáronse sus mejillas, y hubo como un relámpago que pasase de Veltchaninov a su rostro, alterado de turbación y casi de vergüenza. Los demás oyentes quedaron, a la vez, encantados y desconcertados. Todos parecÃan decir que, realmente, era excesivo cantar con tanto fuego; pero, al mismo tiempo, todos aquellos ojos juveniles brillaban y centelleaban. Tan radiante estaba el rostro de Catalina Fedosiéyevna, que Veltchaninov la encontró casi bonita.
—¡Preciosa romanza! —murmuró el viejo Zakhlebinine, un tanto cortado—. Pero… ¿no le parece a usted un poco… violenta? SÃ, es muy hermosa, pero un poco violenta.
—SÃ; es demasiado violenta… —quiso, a su vez decir la mujer.
Pero Pavel Pavlovich no le dio tiempo a concluir. Levantándose de un salto, como un loco, cogió a Nadia por un brazo, apartándola lejos de Veltchaninov, y se plantó resueltamente ante éste, mirándole con ojos extraviados y temblándole horrorosamente los labios.