El eterno marido

El eterno marido

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—Un minuto, se lo ruego —pudo articular al fin.

Veltchaninov comprendió en seguida que, si tardaba lo más mínimo, aquel extravagante se dejaría llevar a extremos mucho más absurdos. Le cogió, pues, de un brazo, y sin cuidarse de la sorpresa de todos, se lo llevó a la terraza y bajó con él al jardín, que estaba ya casi a obscuras.

—Usted comprenderá que no puede quedarse aquí un momento más, ¿eh? —dijo Pavel Pavlovich.

—En absoluto. No veo por qué…

—¿Se acuerda usted —prosiguió Pavel Pavlovich, con rabia—, se acuerda usted de que en una ocasión me rogó que le dijera toda la verdad, toda, francamente, de cabo a rabo ¿Se acuerda usted? ¡Pues bien, llegó el momento…! ¡Vamos!

Veltchaninov reflexionó, miró otra vez a Pavel Pavlovich y, al fin, consintió en marcharse.

Esta partida imprevista desoló a los padres y exasperó a las muchachas.

—¡Otra taza de té, cuando menos! —suplicó la señora de Zakhlebinine.

—Pero, en fin, ¿qué te pasa, que estás tan agitado? —preguntó el anciano a Pavel Pavlovich, que sonreía y callaba.


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